Hipertensión arterial, un recorrido por su historia.

La historia de la medicina está llena de eventos curiosos, fascinantes y cargados de sabiduría. A veces la cultura popular, o simples descubrimientos al azar, fueron aportando poco a poco datos que condujeron a grandes hallazgos, ya sea de enfermedades, equipos o técnicas, que con el tiempo beneficiaron enormemente la salud de la humanidad. Una de las enfermedades más conocidas por la población en el mundo y en Cuba, la hipertensión arterial, tiene una historia de muchos años cargada de datos inimaginables. Es una interesante aventura científica que comenzó en la Antigüedad, pasó por la primera medición directa con un tubo en el cuello de un animal y culminó con la sofisticada farmacología moderna que hoy conocemos.
Te invito a acompañarme en este viaje por los momentos clave que transformaron lo que llamaban “un pulso misterioso” en esa tan conocida y padecida enfermedad que hoy podemos detectar y tratar con relativa facilidad.
En la Antigüedad, estamos hablando de hace más de cuatro mil quinientos años, no existía el diagnóstico de la hipertensión ni equipos para medirla. Los médicos antiguos apenas colocaban la mano sobre la muñeca para sentir el pulso y el oído sobre el pecho para escuchar los latidos del corazón.
El llamado “pulso duro” fue uno de los primeros enigmas de aquella época: los médicos ya sospechaban que un pulso demasiado fuerte no era señal de buena salud. En el antiguo Egipto describían la sensación de un pulso “duro” o “lleno”, una percepción similar aparece en la medicina tradicional china. El legendario Clásico de Medicina Interna del Emperador Amarillo (2600 a.C) mencionaba que el exceso de sal “endurecía el pulso”, haciendo referencia a la percepción de latidos fuertes.
Años después, el reverendo y científico inglés Stephen Hales realizó, en 1733, un experimento simple aunque brutal: insertó un tubo de latón en la arteria de una yegua y observó, asombrado, cómo la sangre ascendía por él oscilando con cada latido del corazón. Aquel fue el primer registro formal de la presión arterial en la historia, un hecho que demostró que la sangre ejercía una fuerza real sobre las arterias. Sin embargo, su método no era aplicable en seres humanos.
No fue hasta finales del siglo XIX que la medición de la presión fue posible en una consulta médica. Dos figuras tienen un lugar destacado en esta historia: Samuel von Basch, médico austriaco que inventó el primer esfigmomanómetro en 1881, y Scipione Riva-Rocci, médico italiano que lo perfeccionó en 1896. Su gran innovación fue colocar un brazalete inflable que comprimía la arteria del brazo para medir la presión máxima o sistólica. Faltaba aún determinar la otra cifra clave: la presión mínima o diastólica.
Esa pieza la aportó en 1905 el cirujano ruso Nikolai Korotkov. Usando un simple estetoscopio, describió los sonidos que produce la sangre al fluir cuando se libera el brazalete. Escuchando esos “ruidos de Korotkoff”, los médicos pudieron por fin medir también la presión diastólica, completando el par de cifras que hoy conocemos, por ejemplo, 120/80. De esta forma, esfigmomanómetro y estetoscopio se unieron para la medición de la presión arterial, herramienta que se mantiene vigente hasta la actualidad.
Desde principios del siglo XX ya era posible medir la presión arterial, pero la mayoría de los médicos la consideraban un proceso natural del envejecimiento; como dato curioso, algunos incluso pensaban que una presión elevada era beneficiosa para irrigar mejor los órganos. Sin embargo, el avance de la ciencia se impuso, y los estudios demostraron que la hipertensión era un “asesino silencioso”, término que se usa hasta hoy, porque al pasar casi inadvertida multiplicaba el riesgo de infartos, accidentes cerebrovasculares e insuficiencia renal, siendo reconocida entonces como el principal factor de riesgo cardiovascular.
Paralelamente, la industria farmacéutica inició una verdadera revolución en el tratamiento de esta enfermedad. Su evolución por décadas puede resumirse así: en los años cincuenta surgieron los diuréticos, como la hidroclorotiazida; en los sesenta, los betabloqueantes, como el atenolol y el propranolol; en los ochenta, los IECA, como el enalapril, y los antagonistas del calcio, como el nifedipino y el amlodipino; en los noventa, los ARA II, como el losartán; y desde el año 2000 hasta la actualidad, nuevas moléculas como el aliskirén y el valsartán, con el desarrollo continuo de fármacos cada vez más eficaces.
Hoy en día, la hipertensión afecta a más de 1.280 millones de personas en el mundo y es el principal factor de riesgo de muerte prematura, según la Organización Mundial de la Salud. Esta fascinante historia de una enfermedad llamada “asesina silenciosa”, seguida y estudiada desde la Antigüedad, encierra un mensaje poderoso: está a nuestro alcance prevenirla y tratarla, evitando sus complicaciones. Aquel viaje que comenzó con un pulso misterioso en la antigua China y un tubo en la arteria de un animal nos deja una enseñanza clara: medir la presión con regularidad, seguir una dieta baja en sal, mantener un peso saludable y evitar el consumo de tabaco son las armas más eficaces para su prevención. La historia de la hipertensión nos demuestra que el conocimiento, cuando se aplica, tiene el poder de salvar millones de vidas.

Dra. Vivian Ruiz Guerrero