Tuberculosis infantil: cómo proteger a los niños en casa y en la escuela.

Bajo el lema “Podemos poner fin a la TB: Impulsados por la atención primaria de salud, la innovación y comunidades comprometidas”, este 2026 nos recuerda que la lucha contra la tuberculosis (tb) comienza en el lugar más cercano: nuestra familia, nuestro barrio y nuestra escuela. En Cuba, como en muchos países de la región, la mayoría de los casos de tuberculosis infantil se originan en el hogar, donde los niños mantienen contacto cercano y prolongado con adultos que padecen TB activa. Según la OMS y la OPS, los menores de 5 años que conviven con un caso confirmado tienen un riesgo significativamente mayor de infectarse y desarrollar formas graves de la enfermedad, especialmente los menores de 2 años. La persona que transmitió la bacteria no fue un extraño en la calle ni un compañero de escuela: en la mayoría de los casos, fue un adulto que vive con ellos, muchas veces sin saber que tenía la enfermedad.

Lejos de alarmarnos, este dato nos ofrece una poderosa oportunidad: si protegemos al adulto, protegemos al niño. Esa protección está al alcance de todos, porque comienza en el lugar más básico y fundamental: la atención primaria de salud. Precisamente, el lema de este año propone una hoja de ruta clara que se sostiene en tres pilares. El primero es la atención primaria como puerta de entrada al sistema de salud; en Cuba, los policlínicos y consultorios del médico de la familia son el espacio donde se puede detectar la tuberculosis a tiempo, con equipos capacitados para escuchar, examinar y tratar. El segundo pilar es la innovación, que hoy nos ofrece pruebas más rápidas, tratamientos más cortos y herramientas digitales que facilitan el seguimiento de los pacientes. La ciencia avanza y debemos aprovecharlo. El tercer pilar es la comunidad, corazón de la solución: familias informadas, escuelas comprometidas y vecinos solidarios conforman la red que sostiene a quien se trata y previene nuevos contagios. Proteger a la población infantil es una tarea prioritaria y posible.

La prevención en los menores comienza precisamente en ese primer nivel de salud, el más cercano al hogar. La vacuna BCG, aplicada en las primeras horas de nacido, constituye la primera innovación que salva vidas al prevenir las formas más graves de TB, como la meningitis tuberculosa. Pero hay otra acción igualmente estratégica: detener la fuente, ya que los niños se contagian de adultos. Si un familiar o cuidador presenta tos con flema por más de quince días, debe acudir al médico de la familia para realizarse un estudio rápido, sencillo y nada invasivo. Detectar al adulto a tiempo es la mejor vacuna para el niño. A esto se suman medidas tan simples como abrir ventanas y dejar entrar el sol, lo que elimina la bacteria del ambiente, así como la posibilidad de ofrecer tratamiento preventivo si un niño ha estado en contacto cercano con una persona enferma. Así, el equipo de atención primaria no solo trata, sino que anticipa.

Cuando un niño es diagnosticado con tuberculosis, la familia no está sola: el equipo de salud la acompaña en todo momento. El tratamiento es prolongado, pero efectivo, y no debe interrumpirse. Durante las primeras semanas se recomienda que el niño duerma en una habitación ventilada, evite el contacto con bebés o personas vulnerables y utilice mascarilla si comparte espacios comunes. Pasado ese tiempo, el riesgo de contagio desaparece. Es fundamental recordar que la tuberculosis no se transmite por platos, cubiertos, ropa ni abrazos; el niño necesita cariño y cercanía para recuperarse. Además, se debe evaluar a todos los convivientes, ya que podría haber un adulto con tuberculosis sin saberlo. Detectarlo y tratarlo es la mejor manera de proteger a la familia y, al mismo tiempo, a la comunidad.

La escuela, como parte fundamental de esa comunidad, debe actuar sin estigmatizar. Un niño con TB puede volver a clases una vez que el médico certifique que ya no contagia, generalmente después de dos a tres semanas de tratamiento. Mantenerlo fuera por más tiempo afecta su aprendizaje y salud emocional. La escuela debe recibir la información directamente de la autoridad sanitaria y proceder con respeto y confidencialidad. Es el equipo médico quien definirá, en caso de que el niño haya estado en clases durante el período contagioso, la necesidad de evaluar a sus compañeros y profesores, siempre con autorización de las familias. A la vez, la institución educativa debe cumplir con medidas sencillas como ventilar las aulas diariamente y, sobre todo, evitar cualquier forma de estigmatización.

Más allá de las acciones médicas y comunitarias, la lucha contra la tuberculosis también tiene una dimensión económica. En Cuba, el sistema de salud, garantiza atención médica gratuita y mantiene el salario del paciente durante todo el tratamiento. Esta protección es un pilar esencial que evita la pérdida de ingresos y asegura la continuidad laboral de la persona enferma. Sin embargo, el bloqueo económico de más de seis décadas encarece la alimentación, el transporte y otros insumos básicos, convirtiendo estos gastos indirectos en una carga significativa para las familias, especialmente las de menores ingresos. Reducir este impacto exige no solo políticas sanitarias, sino también solidaridad y compromiso social. Es necesario sensibilizar tanto a los sectores estatales como a los no estatales para que contribuyan con apoyo concreto: programas de ayuda alimentaria, transporte accesible, acciones comunitarias y respaldo económico. Solo así se puede evitar que la tuberculosis se convierta en una carga insostenible para las familias cubanas y garantizar que la atención integral llegue a todos sin distinción.

La OMS y la OPS nos lo recuerdan este 2026: podemos poner fin a la tuberculosis. Y no es retórica, sino una estrategia clara que Cuba puede impulsar con convicción, enfrentando con creatividad y solidaridad las tensiones económicas derivadas del bloqueo. Impulsados por la atención primaria de salud, acudiendo al médico de la familia ante cualquier duda; impulsados por la innovación, aprovechando las herramientas que la ciencia nos brinda; impulsados por comunidades comprometidas, con familias, escuelas y vecinos unidos en la prevención. La tuberculosis infantil no es un problema aislado; es un desafío que requiere el compromiso de toda la sociedad. Cuba tiene lo necesario para enfrentarlo. Sí, podemos. Y empezamos hoy, en casa y en la escuela.

Ananay López Rojas