
Desde sus entrañas, la tierra lanza un grito lastimero. Pide más brazos y no los encuentra. No importan las 17 279 hectáreas ociosas con las cuales Artemisa cerró en 2021. Las extensiones cultivadas tampoco disponen de fuerza de trabajo suficiente para atenderlas.
Según Daidée de la Candelaria Piedra, directora de capital humano del Grupo Empresarial Agropecuario y Forestal Artemisa, su fuerza total asciende a 11 446, de ellos 9542 de manera directa a la producción (897 mujeres). Y añade que, usualmente, contratan una cantidad adicional estimada en 900 obreros agrícolas, los llamados eventuales.
Algo similar revela José Piñero Borjas, jefe de despacho de la dirección de la Empresa Cítricos Ceiba, cuya sede radica en el municipio Caimito. La plantilla la integran actualmente 443 trabajadores.
“Nuestro polo productivo está ubicado en la UEB 24 de Febrero. Son 1500 hectáreas de cultivos varios. Hoy la principal inversión está dirigida a la yuca, gracias a un crédito de la Banca de Fomento Agrícola. Además, tenemos plátanos, maíz, frijoles, calabaza, tomate y frutales como mango, guayaba, frutabomba y coco.
“De acuerdo con las necesidades de los diferentes cultivos durante el ciclo, sus 30 usufructuarios contratan entre 20 y 25 jornaleros cada uno”.
Tal situación resulta común a toda la agricultura artemiseña, incluso en el tabaco. Lo confirma Clara Maris Cruz, directora de capital humano en la Empresa de Acopio y Beneficio Lázaro Peña, situada en San Antonio de los Baños.
“Nosotros disponemos de 3115 trabajadores, 1911 directos a la producción (686 mujeres). Contamos con ocho campamentos (y los productores tienen varios más), donde albergamos más de 700 movilizados”.
Estrategias diferentes

Dice Raisel Capote García, uno de los usufructuarios de la UEB 24 de Febrero, que la fuerza de trabajo en la agricultura no es suficiente porque “nadie quiere trabajar en el campo, mucho menos los muchachos nuevos. No tengo trabajadores fijos”.
Por eso acude a los eventuales y al empleo de maquinaria.
“Además, así no tengo que invertir todo el tiempo, solo cuando los necesito, igual para cosechar boniato o sembrar yuca. Ellos trabajan bien. Ya no son tan jóvenes. Vienen de las provincias orientales, pero viven aquí hace tiempo. Están organizados en una brigada. Le pago 200 pesos en efectivo a cada uno”.
Este técnico de telares devenido usufructuario, atiende 15 hectáreas junto con su hijo Raimel. Aquellas tierras solían estar cubiertas de cítricos, hasta la llegada de la plaga del huanglongbing; ahora proliferan cultivos varios. El día de nuestro recorrido 13 trabajadores eventuales le recogían el maíz, a razón de 200 pesos la mañana.
“Somo una brigadita móvil de 12 personas –afirma su jefa Carmen Rosa Poll. Yo se lo digo a ello: ‘nosotro vamo a trabajar, nosotro no vamo a jugar’. Ahí ta’ él, que lo diga. Nosotro se lo demotramo: ya a la 10 o la 11 de la mañana nosotro terminamo la jornada, y es hata la 12 del día. Nosotro trabajamo”.
Muy cerca de allí, Karel Viña García, presidente de la CCS Néstor Milián, prefiere mezclar estrategias. Desde marzo de 2021 atiende 52 hectáreas en usufructo, con cinco trabajadores fijos a quienes paga 1000 pesos a la semana y el 2% de cuanto genere la producción.
“Por supuesto, recurro a eventuales para las siembras y cosechas grandes, y les pago según ajustes, de 250 a 300 pesos. Pero solo en esas ocasiones”.
Carliovi Maceo, uno de esos trabajadores fijos, llegó al Dagame hace diez años. Atrás quedó su natal Guantánamo. Pese a tener tres hijos y una casa de madera con techo de “fibra” y piso de cemento, siente que su empeño da frutos.
Ya puso en regla los papeles de la casa… y confía: a los 1000 pesos semanales ha podido sumarles, por concepto del 2%, cantidades ascendentes a 2000, 1896, 3100 y otros 1000 como resultado de las cosechas.
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