“La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”

“La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”, así pensaba nuestro apóstol José Martí, mucho antes de morir hace 125 años en Dos Ríos.

La mañana del 19 de mayo de 1895, el coronel español José Ximénez de Sandoval al frente de una tropa de más de 600 soldados tomó prisionero a un campesino colaborador del ejército independentista cerca de Dos Ríos, en la actual provincia de Granma, el cual confesó que en la región se encontraban Máximo Gómez y José Martí, por lo que el oficial decidió ir tras los jefes insurrectos. Máximo Gómez, al regresar al campamento de Vuelta Grande, de donde salió el 17 para hostilizar, con unos treinta hombres, el convoy que conducía el coronel Ximénez de Sandoval, encontró que el mayor general Bartolomé Masó acompañaba a Martí, al frente de una partida de trescientos hombres.

Almuerzan, tienden las hamacas de los jefes para la siesta, y se dice que Martí (aunque parece poco probable), trabajaba en la redacción de lo que sería la Constitución de la República en Armas. De pronto, un teniente penetra en el campamento a todo correr, anunciando que se escuchan disparos en dirección a Dos Ríos; y el general en jefe ordena montar a caballo. Martí, Delegado del Partido Revolucionario Cubano, no permanece en el campamento, como aseguran algunas versiones. Gómez quiere entablar combate en un sitio alejado de Dos Ríos, donde se le facilite maniobrar a la caballería. No lo logra y tiene que emprender la acción en ese lugar, a unos cuatro kilómetros de Vega Grande.

Pasan los insurrectos el Contramaestre y ya en la sabana, una avanzada española trata de detenerlos. Los mambises la aniquilan, pero la columna de Ximénez de Sandoval, formada en cuadro, rompe el fuego contra los cubanos. El general en jefe trata de proteger al Delegado, por lo que le ordena a Martí echarse para atrás.

Detiene Martí un tanto su caballo Baconao y al concentrar su atención sobre el enemigo, Gómez lo pierde de vista. Según Rodríguez, es probable que Martí merodeara por el terreno tratando de aproximarse al escenario inmediato de la lucha, y en compañía del subteniente Miguel Ángel De la Guardia Bello, se lanza al galope contra las líneas españolas y se coloca a unos cincuenta metros a la derecha y delante del general en jefe, donde ambos jinetes se convierten en blanco perfecto de la avanzada contraria, oculta entre la hierba.

Pasan el Delegado y su acompañante entre un dagame seco y un fustete caído. Las balas alcanzan a Martí, y se desploma. Baconao vuelve tinto en sangre, pues había sido alcanzado por una bala que le penetró por el vientre y salió por una de las ancas. Este sobrevivió a la herida y luego Gómez ordena que lo suelten en la finca Sabanilla con la indicación expresa, por respeto a Martí, que nadie más lo montara.

Martí es impactado por tres disparos. Una bala le penetra por el pecho, al nivel del puño del esternón, que quedó fracturado; otra entra por el cuello, y le destroza, en su trayectoria de salida, el lado izquierdo del labio superior, y otra más, lo alcanza en un muslo.

Su acompañante, quien queda atrapado bajo su caballo herido, logra librarse del peso de la bestia y atrincherarse detrás del fustete caído para batirse desde esa posición con el adversario, escondido en el herbazal, pero no consigue rescatar el cuerpo de Martí. Con el paso lento que le permite su caballo herido retorna De la Guardia a los suyos.

El generalísimo Máximo Gómez desesperado por la funesta noticia, se lanza al lugar del suceso a fin de recuperar a Martí, vivo o muerto. Una barrera de fuego impide a Gómez llegar hasta el cuerpo de Martí. Lo hallan los españoles y el cubano Antonio Oliva, un práctico conocido por el sobrenombre de El Mulato, alardea de haberlo rematado con su tercerola.

Un militar español, Enrique Ubieta, calificó de fantasía el tiro casi a boca tocante de Oliva sobre Martí moribundo. Al historiador Rodríguez le parece evidente que El Mulato se pavoneaba de lo que no había hecho porque buscaba que el ejército español lo premiase con una distinción pensionada. De todas formas, Ximénez de Sandoval anotó a Antonio Oliva entre los combatientes distinguidos en la acción de Dos Ríos y se le otorgó la Cruz del Mérito Militar de Cuba, con distintivo rojo, pero nada de pensión.

Al morir, Martí vestía pantalón claro, chaqueta negra, sombrero de castor y borceguíes (zapatos) también negros. Su ropa debe haber llamado la atención del enemigo. Por la documentación que portaba, los españoles sospecharon de inmediato que se hallaban ante el cadáver del “pretendido” presidente de la República o de la Cámara Insurrecta; el “cabecilla” Martí, y su reloj y su pañuelo llevaban las iniciales JM.

“Impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”.

Los restos de Martí se mantuvieron en el nicho 134 de la galería sur de la necrópolis santiaguera hasta 1907, momento en que fueron trasladados a un pequeño templete de estilo jónico, erigido en el mismo lugar que ocupara el nicho. A mediados de 1951 queda inaugurado el mausoleo que desde entonces guarda sus restos.

Referencias