Biografía

Presentación1“Juan Manuel Márquez Rodríguez”

Nació en la playa de Santa Fe, el 3 de julio de 1915. Recibió la influencia patriótica de la madre, Juana María Rodríguez, una maestra de Escuela Pública, forjadora de hombres.  Pasó su niñez por las escuelas del pueblo de Punta Brava, y más tarde, de Marianao en 1928. En el colegio Agramonte, del educador Pelayo Alfonso Cordero, terminó la enseñanza primaria. El Instituto de La Habana lo contó entre sus alumnos, y mucho después, con un paréntesis de luchas y de cárceles, continuó el Bachillerato en el Instituto de Marianao.
Tenía 13 años cuando su padre, Julián Márquez, salió a buscarlo por las fincas de Marianao. Era tan sólo un niño cuando siguió a un grupo de jóvenes por el sendero de la insurrección contra el régimen de Gerardo Machado. Mantuvo la misma inquietud durante toda su existencia, que lo llevó, el 15 de diciembre de 1956, al abrazo inmortal con su tierra.
Participó en la organización del Sector Radical Estudiantil, organismo fundado en Marianao para luchar contra la tiranía machadista. El 8 de abril de 1932 era el preso político más joven del Presidio de Isla de Pinos. Se pronunció contra la mediación de Welles, que aceptaron los políticos de entonces. Después del derrocamiento de Machado, en noviembre de 1933, Juan Manuel editó el periódico local Catapulta dejando traslucir su pensamiento político.En esta actividad continuó, vinculándola a la política y a sus labores revolucionarias hasta el fin de su vida.
Se colocó frente a Batista y sus actividades revolucionarias lo llevaron a la cárcel en varias ocasiones. El 15 de mayo de 1936 volvió al Presidio de Isla de Pinos con una condena de ocho años. En diciembre de 1937, salió de la cárcel por una Ley de Amnistía Política, y hablando de su encierro, escribió: “Mis ojos saben como aburre la vida la presencia del brigada que manda, de la piedra afilada de mármol que corta, de los días sin cartas del recuerdo de la madre buena, de la juventud que se escapa en la tarea estéril del prisionero, sin un sueño bello, sin una ilusión fuerte, porque allí el más noble de los proyectos no logra traspasar la pequeña celda de paredes frías y gruesos barrotes”.
En 1939 participó del Movimiento de Recuperación Democrática, por el que fue concejal del Municipio de Marianao en 1944 y reelegido en 1946. El 15 de mayo de 1947 formó parte de la constitución del Partido Ortodoxo, desempeñando la Presidencia de la Asamblea Municipal de Marianao y siendo su Delegado ante el Ejecutivo Nacional.

Después del 10 de marzo de 1952 Juan Manuel se enfrenta de nuevo a Batista. Sus actividades revolucionarias lo llevan con frecuencia al Buró de Investigaciones. Comiendo una naranja estaba en la acera del Teatro Principal de Marianao, cuando un cabo de la policía lo arrestó. De la estación policíaca fue traslado a la Casa de Socorros para recibir atención médica por los golpes que le propinaron, y después puesto en libertad, tuvo que recluirse para su curación en la Clínica Santa Emilia.
Ya Fidel Castro estaba en libertad y lo visitó en la clínica. Allí quedó concertada una entrevista en la calle 16. Desde ese momento, los planes de los dos revolucionarios tomaron un mismo destino. Ya no los separaría ni la bala de calibre 45 alojada en el cráneo de Juan Manuel, ni aquel hueco de tierra.
Juan Manuel sale de Cuba en el verano de 1955. Su trabajo agotador en la constitución de Los Clubes 26 de Julio en distintas ciudades de Estados Unidos y México, abarca todo su tiempo. Recauda fondos para el Movimiento, participa de reuniones y levanta la fe y el fervor patrio. A principio de octubre del 55 está en México, y al finalizar este mes, regresa a Nueva York, donde el día 30, en Palm Garden, pronuncia un discurso histórico que estremece al auditorio. En noviembre ya estaba en Miami. Allí compartía un estrecho apartamento con Fidel, Félix Elmuza y María Laborde. A pesar de la incomodidad del espacio servía de albergue también a los contactos que de Cuba iban y venían, como Ramón Rodríguez, al que cariñosamente Juan Manuel llamara “mi padrino”.
La esposa, Carmen Rodríguez, lo visitó en esa ciudad varias veces. Y fue en junio de 1956 cuando vio por última vez a su hija Alba. Una fotografía de la niña lo acompañaba siempre en su cartera.
Fidel y Juan Manuel rechazan desde allí las elecciones parciales convocadas por la dictadura, y a fines de noviembre se efectuó la reunión del Teatro Flager, donde dijo: “Hablamos hoy para poder partir mañana en el barco de la guerra”.
México, Miami, Nueva York, Bridgeport, en Connecticut. Tampa, Cayo Hueso, de un lugar a otro constantemente se trasladaba en sus gestiones de recaudar dinero para comprar las armas. En Cayo Hueso, después de cambiar el lugar del mitin varias veces, se logró hacer —a pesar de la obstinación de las autoridades por evitarlo—, con la asistencia de una gran concurrencia. Sobre una mesita, había una bandera y un sombrero de yarey donde caía el dinero de los cubanos que asistieron al mitin. Pero a pesar de lo recaudado, al llegar al apartamento de Miami, Juan Manuel, Fidel y María no tenían ni para pagar la leche, porque aquel dinero obtenido para la causa era intocable para ellos.
Estando en Nueva York un día de las madres escribió unos versos, que enviara con Ramón a la mujer que lo acunó de niño: “Madre: Yo que sólo soy poeta para ti, que sólo para ti puedo hacer versos, en el amanecer de este domingo, te mando en verso, mis besos”.
Y llegó la madrugada del 25 de noviembre de 1956. Juan Manuel zarpa en “el barco de la guerra”. Es el Lugarteniente de Fidel. Antes de desembarcar el Granma viste, junto a sus hermanos de combate, el uniforme verde olivo que lo cubriera en su tumba. Se interponía en el camino hacia la tierra firme una ciénaga, y Juan Manuel comentó: “esto no es un desembarco, es un naufragio”. Pero ya ganado el terreno firme comienza la operación de la Marina de Guerra contra el Granma y un avión vuela sobre sus cabezas. Por lo que se ocultan desplegados en la maleza. Al reunirse de nuevo se comprueba la ausencia de nueve compañeros, entre los que se encuentra Juan Manuel. A los dos días logra incorporarse otra vez a la columna.
Y llegó el día cinco en Alegría de Pío. Acontece el primer encuentro con el ejército de Batista. Juan Manuel al frente de un grupo hace un cerco para facilitar la marcha de Fidel hacia la Sierra.
Terminaron los disparos. Hay muertos, pero Juan Manuel vive. No tiene ya balas para defenderse del enemigo, pero no huye en busca de un lugar seguro. Recorre los contornos durante diez días en busca de un contacto que lo lleve a su objetivo: la Sierra. Está hambreado, exhausto y lleva aún en sus músculos el brío del combate.
Estaba por el lugar conocido por Las Palomas, en Niquero cuando acierta a verlo alguien. Era el campesino Ignacio Fonseca, quien corrió hacia el centro espiritista de Juana Martínez, donde se encontraba un soldado de Batista, Francisco Moreno. Ambos, el campesino y el soldado, cabalgaron en busca del rebelde, y le dieron alcance por el lugar conocido como El Estancadero. El soldado lo despojó de un reloj, el dinero y las fotografías de su cartera. Frente estaba la casa de Manuel Matamoros, dueño de una panadería. Allí, hacia el portal de la casa llevaron a Juan Manuel. La familia le dio de comer boniato cocido y un poco de café con cogñac. La esposa de Matamoros le regaló un peine. Nada más podían hacer por él aquella familia que lo hubiera protegido, de haber sido ellos los primeros que lo vieran. De allí lo condujeron a un campamento militar en Juba del Agua.
El teniente Mario Lacal, al frente del campamento, reconoció a Juan Manuel. Habían sido compañeros de estudio en el Instituto de Marianao. Sin embargo, después de tres horas, llegó el capitán Caridad Fernández. El soldado Francisco Moreno, le dijo: “Dame esas botas que tú no vas a trabajar más”. Y el cambio de las botas fue unos zapatos viejos en los pies de Juan Manuel. Con unos zapatos viejos recorría su último camino.
Salieron en un jeep. Era de noche, cuando al cuartel militar de San Ramón llegó el capitán Fernández y conversó con el soldado Celso Torres y el sargento Valdés. Poco después en la finca La Norma llegaban los soldados Torres, Jiménez y Pitágoras, junto al muchacho ayudante de cocina del cuartel, Blas Antonio López. El muchacho comenzó a palear tierra. Abría un hueco para enterrar a un hombre. La tierra estaba húmeda. El hombre a quien iban a enterrar estaba vivo. Se quejaba. Todas las torturas imaginables no eran suficientes para apagar la vida vigorosa de aquel gigante de la historia. Llegaron los dos disparos finales del revólver de Celso Torres. El último en el cráneo.
Ya era 1959 cuando Ramón, “el padrino”, contaba, junto con otros, los 25 pasos. La señal era un árbol de friolillo. Eran 25 pasos dentro del cañaveral. Y allí un hundimiento del terreno, y un hueco como hecho por ratas. Ramón miró hacia el agujero y pudo ver una falange. Cuidadosamente se fue recuperando lo que quedaba físicamente de Juan Manuel. Y con ello un zapato, el peine, la bala dentro del cráneo… y ” un puño verde olivo” …
Era también el año 1959. El 24 de abril. Una mano se alzaba subrayando las palabras. Se ajustaba a su muñeca el puño verde olivo. El uniforme del Granma estaba allí. No era cierto que la tierra lo hubiera consumido. No era Juan Manuel quien hablaba, y sin embargo, los versos de Navarro Luna cobraban en aquel momento más vigencia que nunca.

Fuente: archivo del Hospital.