EL IMPACTO PSICOLÓGICO DEL CÁNCER

Por: Richard Osorio Dominguez /Madai peña:/Elis Alberto Polanco.
¿QUÉ IMPACTO PSICOLÓGICO TIENE ESTÁ ENFERMEDAD EN LAS PERSONAS QUE LA PADECEN?
Debería hablarse mejor de impacto psico-social. El cáncer es una enfermedad crónica de alta incidencia y prevalencia, con más de 200 modalidades y localizaciones clínicas, y aunque los adelantos científicos y tecnológicos han logrado aumentar la supervivencia y hasta la curación cuando el diagnóstico es temprano, la enfermedad tal tiene una fuerte connotación en la población de dolor, sufrimiento y muerte. Al igual que muchas enfermedades en el pasado (lepra, peste bubónica, sífilis, tuberculosis e incluso SIDA) esta representación social de la enfermedad genera miedos, incertidumbre, falsas creencias y conductas de demora en la búsqueda de atención médica oportuna. Obviamente, en una gran cantidad de personas genera emociones negativas (temores, ansiedad, tristeza), en su mayoría siempre reactivas como parte del propio proceso de adaptación a una nueva enfermedad, pero que requieren manejo y orientación para su canalización adecuada. La impredictibilidad de los acontecimientos, la falta de información, la comunicación no adecuada pueden facilitar la pérdida de control, creando en el paciente una sensación de indefensión e incapacidad para influir en los acontecimientos y debilitando su participación activa en los tratamientos. Las propias manifestaciones de algunas localizaciones y los tratamientos oncológicos, que no dejan de ser imprescindibles, pueden amenazar la auto-estima de los pacientes y producir cambios en la imagen corporal, temores a lo no realización profesional y laboral, e incluso, dificultades sexuales. Todas estas manifestaciones del impacto de la enfermedad son susceptibles de alguna forma de orientación y tratamiento.
La enfermedad puede modificar hábitos y costumbres e interferir con dolor e incapacidad para algunas actividades, aunque no siempre. Las personas se vuelven más dependientes de otras, puede afectarse la dinámica de la vida familiar y el paciente preferir el aislamiento social. Los enfermos deben aprender a vivir con la enfermedad, para lo cual se requiere adaptación y auto-cuidado, motivación y entrenamiento, y, especialmente, la atención de familiares cuidadores y el apoyo de los allegados.
Naturalmente, surgen variados niveles de carga para la familia, y en especial, para los cuidadores primarios o cuidadores principales, que se convierten también en objeto de atención, ya que deben aprender a cuidar mejor a su enfermo y, al mismo tiempo, protegerse y auto-cuidarse.
¿CÓMO PODRÍA ESTO AFECTAR A LA FAMILIA Y SUS CUIDADORES?
El proceso de cuidar ha ido evolucionando con el tiempo. Para cuidar es necesario el sentido de responsabilidad (satisfaciendo todas las necesidades de los pacientes, y no solo el aseo y la alimentación), manteniendo la calidad de vida y la funcionalidad del enfermo tan intacta como sea posible, seguir un plan elaborado de conjunto con cuidadores profesionales que guían u orientan los tratamientos, y manteniendo una conducta ética en las actividades cotidianas de cuidado, muchas veces íntimas, muy personales, según las características de cada paciente.
De esta forma, el cuidado a un enfermo se torna complejo, por diversidad de causas y efectos, puede generar conflictos con otros familiares. En nuestra hispana, el “familismo” puede llevar a grados de cierta sobreprotección. El cuidado produce consecuencias positivas y negativas. Dado el envejecimiento poblacional y las características de los cuidadores (casi siempre de edad avanzada y mujeres), una gran parte de estos últimos se agotan, ellos pueden tener enfermedades o discapacidades previas, y curiosamente se produce un apoyo mutuo entre paciente y cuidador, que hace surgir a veces la pregunta: “quién cuida a quién”?
Un cuidador principal “ideal” debe tener posibilidades reales para el cuidado (tiempo, fortaleza, salud), una relación afectiva con el enfermo, debe inspirar seguridad y confianza y tener una capacidad intelectual que permita comprender las orientaciones terapéuticas procedentes de profesionales, y además de sentido de responsabilidad y actitudes para el apoyo, debe tener un SENTIDO, una motivación. Estas características no siempre se tienen, naturalmente.
El cuidado a una persona enferma puede generar afectaciones físicas (agotamiento, descompensación de trastornos crónicos pre-existentes en el cuidador o debut de nuevas enfermedades), afectaciones psicológicas derivadas del estrés emocional (irritabilidad, ira, alteraciones afectivas como depresión y ansiedad, pesimismo, sentimientos incluso negativos hacia el familiar enfermo (como desesperanza, resentimientos, culpas, rabia), afectaciones en la vida social (confinación en el hogar, aislamiento, detrimento de actividades laborales, de estudio o culturales, disparidad de criterios con otros miembros de la familia acerca del cuidado, dificultades en las relaciones interpersonales y de pareja) y también afectaciones económicas.
Los estudios demuestran que una considerable proporción de cuidadores desarrolla la llamada “carga del cuidador”, pero los niveles de carga, sus manifestaciones y su duración varían mucho. Algunos consejos pueden ser útiles para los cuidadores, si se adoptan flexiblemente, no como normas rígidas, entre ellos: a) buscar un diagnóstico lo antes posible, lo cual permitirá manejar mejor el presente y planear el futuro, b) conocer los recursos disponibles (en la institución de salud, en la comunidad, en el propio hogar), c) conocer la enfermedad y los tratamientos en la medida en que esto pueda mejorar el proceso de cuidado, d) buscar, recibir y ofrecer ayuda para el apoyo emocional del enfermo y del propio cuidador, e) cuidar de uno mismo, protegerse, no olvidando las necesidades propias o de su pareja y familia, incorporando pausas y descansos necesarios para poder cuidar mejor, f) aceptar los cambios cuando ocurran, que no siempre dependen de la buena voluntad del médico, de la efectividad de los tratamientos o de las particularidades del enfermo, pero siempre intentando preservar su calidad de vida y disminuir su sufrimiento, g) hacer planes y mantener algunos proyectos de vida, aún cuando necesiten ser remodelados, h) actuar de forma realista, el cuidado es no solo físico, sino emocional, y hay cosas que el familiar no podrá cambiar, i) reconocer como cuidador sus propios méritos, no sentirse culpable, valorar los efectos positivos del cuidado (satisfacción por ayudar a otro, mayor seguridad en uno mismo, desarrollo de relaciones y de empatía, “aprendizaje vital” resultante del proceso de cuidar), y no solo los negativos, j) encontrar el “sentido” por el cual cuida a un familiar, este sentido da fortaleza e impulsa un mejor cuidado (se ha demostrado que el sentido es una variable moduladora entre la situación estresante del cuidado y los efectos negativos que este puede provocar sobre la salud).
¿CÓMO SE SIENTE EL PACIENTE AL NO SER YA EL QUE APORTA ECONÓMICAMENTE?
Obviamente, entre las repercusiones de las enfermedades crónicas están las de carácter financiero, no solo porque hay que destinar recursos al cuidado, sino porque muchas veces hay que abandonar el puesto de trabajo e, incluso, los familiares cuidadores deben abandonar total o parcialmente sus tareas laborales. En cualquier entorno social, incluso cuando la atención médica es gratuita y existen condiciones favorables para la adquisición de recursos para el cuidado, siempre habrá preocupaciones económicas de diferente magnitud tanto en el paciente como en el familiar. Es una razón más para propiciar el apoyo familiar y la contribución de todos en el cuidado al enfermo. En el caso del paciente, esto puede verse reforzado socialmente por la pérdida de su condición de “cabeza de familia”, de ser el que mayor aportaba al presupuesto familiar. Por supuesto, las preocupaciones económicas ocupan un rango menor en el listado de preocupaciones de otra índole, tanto en el paciente como en el familiar.
¿CÓMO PODEMOS CONTRIBUIR DESDE LA PSICOLOGÍA?
En realidad, hay muchas formas de invertir conocimientos y prácticas desde la Psicología. Esta disciplina puede hacer más efectiva la prevención, especialmente en cuanto a hábitos nocivos y factores de riesgo (tabaquismo, alimentación inadecuada, obesidad, etc.). Puede incrementar la inmunocompetencia a través de medios indirectos (como el control del estrés, por ejemplo). Puede incorporarse a estudios de epidemiología psicosocial para favorecer conductas protectoras e identificar los verdaderos componentes psicológicos de riesgo y actuar sobre los factores de conservación y progresión de la enfermedad, disminuyendo los tiempos de espera en búsqueda de ayuda médica y eliminando distorsiones cognitivas y creencias irracionales en la población sana y en riesgo.
La Psicología, como disciplina y profesión, puede favorecer la adherencia a tratamientos racionales, asesorar al personal de salud para fomentar una comunicación más adecuada, aumentar la responsabilidad y autonomía con percepción de controlabilidad en el enfermo, de manera que pueda disminuir su sensación de vulnerabilidad. Puede atenuar los efectos secundarios de tratamientos oncológicos, en especial los basados en reflejos condicionados, como las náuseas y vómitos ante la quimioterapia. Puede hacer mucho para favorecer la preservación del bienestar subjetivo y la calidad de vida, disminuyendo el sufrimiento, en todas las fases de la enfermedad (debut, etapa de “intercalo libre de enfermedad”, progresión crónica) identificando y orientando la satisfacción de necesidades psicosociales y espirituales. Los psicólogos pueden orientar a los familiares en la atención a su pariente enfermo y en caso de pérdidas, dar seguimiento y canalizar mejor este proceso (proceso de duelo).
Pero quizás la mayor contribución que puedan hacer los psicólogos que trabajan en el campo de la Oncología es fortalecer el capital humano que atiende al enfermo, propiciando su capacitación e incentivando el trabajo en verdaderos equipos interdisciplinarios, facilitar el control del estrés laboral y del posible desgaste de los profesionales. Para ello dispone de una serie de técnicas y herramientas (desarrollo de habilidades, procederes para mejorar la adherencia, entrenamientos en relajación y visualización ante situaciones de estrés, orientación adecuada y entrenamientos a la familia, diversas medidas para promover cambios favorables en la imagen corporal y la auto-estima, conservar la sexualidad lo más intacta posible, incrementar afrontamientos más eficaces ante la enfermedad y las situaciones del cuidado, incluyendo variadas formas de psicoterapia, rehabilitación psico-social y laboral.
Es conveniente reiterar que el trabajo psicológico no se agota con el paciente, incluye a la familia y también a los profesionales que les atienden.

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